domingo, 20 de abril de 2014

Capítulo 3 completo. Fantina en cuestión.

—Fantina, ¿me estás escuchando? Mírame a los ojos—.
...Claro que lo estoy mirando, no entiendo por qué me dice esa soberana tontería. ¿Qué quiere que le diga?

—Bébete esto, te sentará bien. Ahora escúchame, ya lo hemos hablado muchas veces. No pasa nada por llorar. Es bueno.

...pero...¿y éste? ¿A qué viene eso? Lloraré cuando a mi me de la gana de llorar por lo que a mi me de la gana, y si delante de él no quiero llorar, no lloro, y punto. Que se beba su tía el agua. No soporto que me digan lo que tengo que hacer o lo que me conviene.

—No estás en tu casa, no está tu madre, no vas a hacer gazpacho—.

...Bien, esta noche no pienso dormir aquí, ya sé que no estoy en mi casa, pero me voy ahora mismo. No hay ninguna necesidad de esto.

—Estás mirando otra vez a la pared, Fantina. Céntrate. ¿Quieres comer algo? Si te apetece subo un sandwich o bocadillo—.

—No quiero nada. Me voy a casa—.

—Sabes que no puedes irte. Aún no—.

Lista de cosas que son desagradables: —que te echen de un sitio nada más llegar — que un paciente no quiera pagar porque no está satisfecho — la ira contenida — no tener pañuelos de papel cuando estás en la cama llorando mocos — las sábanas heladas —las falsas acusaciones o juicios — la incertidumbre—.

Llevo mis lentillas nuevas y he ido al bar de siempre. Me he recogido el pelo en un moño tirante. Y he probado uñas postizas. Rojas. Un tipo se ha acercado y me ha dicho —yo te conozco, eres la chica que sale con Alberto, ¿qué haces aquí?—. Mi corazón ha empezado a latir con fuerza y mi cuero cabelludo ha empezado a sudar sin escapatoria. —No sé de qué hablas, no te he visto en mi vida—. El tipo en cuestión es Germán, compañero de Alberto al que he visto un par de veces, enfermero del hospital. Un rubito poca cosa. —Eres Fantina, lo cual quiere decir, que si no lo quieres reconocer eres una guarrilla y no quieres que él se entere—. Bien, aquí es cuando he tomado la decisión y he sacado mi sonrisa más pícara. —Bueno, si tú quieres que sea esa, lo seré. ¿Me invitas a una copa?—.

Todos son iguales, se les cae la baba. Se les nota la erección. El sexo en sí es algo atroz. Descargar fluidos con alguien que simplemente tenga dos tetas. Tocar y mojarse de babas. Es algo peor que animal, ni siquiera creo que sea instinto, es desesperación, vicio. No es el mejor sexo desde luego, es peor luego, cuando te quedas vacía. Aprendes a no asquearte de ti misma, pero si del otro. A notarle el aliento pestilente de las copas y el tabaco. A desear que pasen rápido las horas para que se vaya, para no verlo más. Los cuatro o cinco polvos mensuales que echaba han aumentado considerablemente. No disfruto demasiado, no se me eriza la piel al tocarlo, ni los ojos me brillan, ni deseo un amanecer. Ellos suelen irse satisfechos, se sienten independientes. Yo solo quiero vaciarme y ver la tele. Poner películas antiguas y ver cómo se supone que debe ser el amor. Comer helado de limón y leer a Borges. Arrancarme con los dientes la piel que rodea mis uñas. Volverla a morder. Mirarla. Arrancar los pedacitos con los dedos. También me toco los pies y abro sus dedos inmóviles.

Claro que el tal Germán no se va. Se queda aquí.

Mi vecino es un señor mayor que vive solo y está algo sordo, pero no lo suficiente. Sé que me oye, pero creo que siente lástima por mi, no aversión. A veces le pido cosas, un poco de aceite, un huevo; otras veces le llevo comida que preparo, ensalada de col, guisos, un trozo de bizcocho. No fuma cigarrillos, pero sí tiene una pipa mentolada. Eso, por algún motivo, hace que me caiga bien. Tiene un bigote de esos antiguos, blanco y espeso, manchado de nicotina en el centro, como sus dedos. Aunque pasa de los ochenta es aseado y tiene la cabeza en su sitio. Catedrático de universidad, viudo, sus hijas vienen a verlo a veces. Y una señora viene dos veces en semana a limpiar la casa. Le llamo Don Miguel, por supuesto. Aunque me sonríe si me ve, apenas me habla. Me he colado un par de veces en su piso cuando no estaba, veo sus libros y fotos antiguas. No tiene ordenador ni DVD, solo una televisión, una radio y un tocadiscos que nunca pone. En una repisa están las cenizas de la que fuera su esposa. No está a la vista, sino en un rincón oculta por una montaña de libros. Es la típica urna donde se ponen las cenizas con una placa donde está grabado el nombre de Aurelia. Agarré un puñado de cenizas y me lo llevé a casa. Las tengo en un candelabro de cristal, es pequeño, y las tapa una vela del IKEA con olor a vainilla. Algunas noches enciendo la vela y las cenizas se recomponen donde deberían haber estado en el cuerpo de la mujer. Son como puntos brillantes donde antes había parte de una ceja, creo que también cogí un trozo de cadera, y finas líneas que aparentan arañazos en lo que fuera el brazo izquierdo. Eso es todo lo que robé de Aurelia. Creo que le gusta que la piense y le de otro uso, que le ponga olor y música, que la haga bailar. Ya sé lo que haré. Robaré cenizas y las pondré a bailar todas juntas. Como un aquelarre.

—Hola doctor—.

—Vaya, me alegro verte de buen humor hoy, Fantina—.

—Lo estoy, ¿es que sabe qué? Ayer maté a otro—.

—¿Y con éste, cuántos van?—.

Me encanta quitarme vellos enquistados. Esos pelillos que se quedan enterrados bajo la piel y se ven a la perfección. El tamaño engaña, a veces parecen largos y son simples folículos pilosos, ese nombre tan horrible. Otras veces los sacas como espinillas y me pregunto hasta dónde podrían haber crecido si no los arrancara. Suelen salirme en las pantorrillas, también en la parte alta de los muslos. La peluquera dice que es por la depilación con cera. Condenaría a todos los hombres del mundo a hacerse esa depilación una vez al mes. Ya sé que ahora por lo visto es políticamente incorrecto decir peluquera, son esteticistas. Me parece un nombre absurdo y cursi. Lo odio. Para mi serán siempre peluqueras, trabajas en una peluquería, eres peluquera. Trabajas en un despacho de abogados, eres abogado, trabajas en un colegio, eres profesor. Yo no voy diciendo por ahí que soy una asesora de las emociones humanas que combate las anomalías kármicas que estas producen en tiempos adversos (o no). Solo soy una puta psicóloga. En la facultad nos dicen que muchas veces los pacientes nos sacarán de quicio, pero es más, los odiaremos, querremos vomitar sobre ellos, pegarles, arrancarles los ojos... Pero debemos sonreír y dar la impresión que sabemos más que ellos. Sobre todo en general, no únicamente sobre su dolencia. Estar seguros de nosotros mismos y tener autoridad para generar confianza. Dárnoslas de listos vaya. Un maldito circo.

Por norma general aborrezco el color blanco, y parece que Alberto se empeña en ponérselo cada vez que me ve. ¿No tiene bastante con su bata? Últimamente está muy preguntón y posesivo. Yo esquivo a veces con gracia las preguntas y otras no hay manera, tengo que ser brusca. Quiere que duerma todos los días con él, y a mi eso me aburre. Yo tengo mi casa, mis cosas, mi rincón en mi sofá, mi almohada. Esas cosas no son sustituibles. Ni quiero que lo sean. Me dice que allí estaré mejor. Que habrá cafés por las mañanas. Que no estaré sola ahora que hay un asesino suelto por la zona al que siguen la pista. Me consuela que lo haya mencionado en masculino.

Yo al café le pongo un poco de canela. Es un truco que me enseñó una amiga porque sus padres así lo hacían. Mamá dice que así está mejor, que sabe más acogedor, si es que esa expresión puede existir. Aunque ella puede darse el gusto de inventar todas las expresiones que quiera. Quizá mañana vaya a verla y le haga un bizcocho. O lo compro en el Aldi. Hay unos con crema de vainilla por dentro buenísimos. Recuerdo que me llevó a un concierto de un joven pianista cuando yo tenía doce años. Me puse una falda con mucho vuelo en tonos blancos y celestes con una chaqueta a juego. Me sentía mayor, importante. El concierto me pareció aburridísimo y luego me sentí cursi y tonta. No era algo tan elegante como yo pensaba. No me sentí más inteligente ni más instruida por haber ido al teatro. Me pareció una estafa. Todas esas personas tan estiradas, disfrutando de la melodía que salía de los dedos de aquel hombre. Ahora aprecio el talento, pero esa gente me sigue pareciendo gilipollas. Creo que hasta alzan sus rostros y se ponen solemnes para aparentar que son mejores por acudir a conciertos instrumentales, a ballets, óperas... Luego no tienen ni idea de cómo se llama el artista o quién compuso tal pieza. Los que realmente aprecian la música van de tapadillo. Intentan no sobresalir para que nada les distraiga de los sonidos y el ambiente que envuelve la magia de lo que los otros ven como un lujo pijo.

Lista de cosas olvidadas: su olor — su cara — el color de sus dientes — el tacto de su piel — el sonido de sus estornudos — el sabor de sus besos — la paz.

—Mira, tengo las manos manchas de sangre ahora. ¡Miralas, ves que no te miento! ¡Tengo sangre!

— No has matado a nadie.

— Te digo que si, no me quieres creer y aquí tengo la prueba.

— No hay pruebas, no has matado a nadie, no ahora.

— También robo cosas, cenizas, gatos. Llévame a casa.

— Pero si estás en casa. Ahí tienes tu cama, tu ventana.

— No se ve la calle.

— Ves árboles, ves el cielo, a los demás, un huerto.

—¡No, no...! Me llamo Fantina y tengo 40 años. Soy Fantina. Me llamo Fantina. Tengo 40 años. Mñana tengo a tres pacientes en la consulta. Me necesitan. Hay una chica que se ha intentado suicidar porque su novio la dejó. Otra... no me acuerdo, creo que viene porque se aburre. Y el camionero. Quiere curarse de su adicción a las putas. Quiero irme a casa.

— Fantina, no tienes 40 años, tienes 27. Te estoy quitando medicación. Es hora de ir despertando. Poco a poco. No te preocupes. Todo irá bien.

A veces siento un dolor muy grande en el pecho. Parece un infarto, me falta la respiración y todo da vueltas. Grito. Me dan espasmos en el estómago y me encojo deseando ser engullida por un monstruo. Pero no llega, me tiene ahí retorciéndome de dolor y solo veo cómo el alquitrán empapa todo lo que soy. No me da posibilidad de ver más. Negro.

Comer donuts es una de mis aficiones favoritas. Me gustan tanto los de chocolate como los blancos. No me gusta que al de chocolate se le caigan trocitos y que el blanco deje los dedos pringosos, aún así, podría comer donuts eternamente siempre que lo de dentro está tierno; cuando los ponen duros como una piedra se los tiraría a la cabeza al primero que pasara. Pero hace mucho que no los encuentro, no los hay por ningún lado. Pasan cosas raras. Creo que a veces sueño despierta y lo veo todo blanco. Con olor a desinfectante, a lejía. Alguien me dice que no es un sueño, que es real, pero siento un dolor tan grande en el pecho que enseguida me despierto, es como morir y entonces acabar con ese dolor a golpes de realidad. No es que mi realidad sea mucho mejor, me sigo aburriendo, la gente me parece insípida y he visto demasiadas veces mi colección de recuerdos. Alquilo películas, leo, voy a la oficina, veo caras, como, duermo y tengo sexo. La mayoría de las veces con Alberto. Va bien. Me hace reír y cuando se me va la cabeza simplemente desconecto y le digo que he quedado, o que estoy en un curso, o lo que sea. No es que me atosigue a preguntas, y al tener tantas guardias me deja mucho tiempo libre, pero cada vez me reclama más. A veces discutimos. Me dice no sé qué de la soledad, de afrontar el hoy, de un nuevo despertar y empezar de nuevo. Creo que quiere ir más allá pero demasiado deprisa. Yo aún estoy buscando lo otro. Todavía no he podido robar las cosas. No he podido ir más allá con la sangre. Y la sangre es mía. Y van seis, creo. Pobres idiotas desmerecidos. Arrogantes y estúpidos. Los mataría otra vez si pudiera.

He comprado una tostadora nueva porque en casa se va la luz muy de vez en cuando. Está todo como mojado. Se me estropeó. ¿De dónde sale esta humedad? ¿Y si se me van estropeando todos los aparatos eléctricos? Ni tele, ni ordenador, ni cafetera, ni thermomix... A veces cuando toco las paredes se me mojan los dedos un poco. El infierno viene despacio, parece que te avisa o pasa alguna desgracia que te hace caer, pero no, el infierno viene despacio y susurrando. Lo moja todo poco a poco hasta que te empapas y ya nunca más vuelves a sonreír. Nunca más brillas. No es la falta de aire inicial, no, es la angustia sucesiva, creerme, y además el infierno se ríe en tu cara mientras tú lloras y te retuerces. Bah, de nada sirve sufrir, eso lo sabe todo el mundo. Pero lo que hay más allá del sufrimiento, lo indecible... pocos lo saben en nuestra parte del mundo. Cuando tus ojos se vuelven hacia dentro y solo pueden ver la negrura. Nadie lo sabe, nadie lo sabe... doctor... ¿por qué me hace esto? ¿Por qué? Yo quiero seguir encima de un hombre, yo quiero sentir sus latidos, y luego arrebatárselos...

—Ya lo sabes, ya ha pasado mucho tiempo... yo sé que es duro. Pero tienes que sobreponerte y seguir viviendo. Tienes que estar lúcida, ¿entiendes?

—El que no entiendes eres tú, ¿por qué tienes que mandar sobre mi estado de ánimo? ¿Y tú quién eres para decidir qué es lo mejor para mi? Sois todos unos hipócritas. Asquerosos. Yo no quiero esto, ¡no lo quiero! ¡No lo quiero! Déjame en paz de una vez. Vete.

Y otra vez diariamente esos sueños de mierda me sacuden el alma como si fuera un polvorín. Qué asco de quebrantos. Esto no puede continuar. Se parece a él, ¿por qué será que se parece a Alberto? Tiene su cara. Y la bata. Faltan listas. Tengo que hacer más listas. Para que no se me olviden las cosas. Llenar la casa de listas por todos lados.

Lista de cosas que me gustaban de pequeña: —las tostadas de ajo de la abuela — el olor a leña mojada — el olor a leña quemándose — las vías del tren — los lápices de madera con la punta afilada — el espumillón de Navidad — la pared de mi rincón — la despensa de casa — los pájaros muertos en la jaula.

Esos pájaros con las patas tiesas. Yo se las arrancaba. Luego los tiraba para que nadie los viera. Tenía pensamientos impuros a todas horas. Arrancaba patas de animales, compraba gomas de colores, dibujaba con sangre y madera, me cortaba mechones de pelo, leía todo tipo de cuentos de princesas, jugaba con Barbies y las maniataba, comía bocadillos de nocilla, odiaba el membrillo. Y ahora... me gusta el brócoli. Y uso lazos en la cama. Ahora quiero más.

Los días pasan como en una neblina intermitente. Algo me duele. Apenas recuerdo mi casa, mis cosas. No puedo cocinar. No me dejan cocinar. Las duchas casi siempre son frías. Tengo el pelo mojado a todas horas. Y sus ojos vienen a verme a menudo porque sigue diciendo que debo despertar. He optado por no hablar, ni escucharle. Miro por la ventana y me trago las pastillas. Ahora hay menos. Es por mi bien. Debo estar enferma porque vienen a verme, pero lo raro es que solo es a ratos. Y yo me siento dormida. Así que cuando no duermo y me dejan en paz me he ido al bar, pero ha ocurrido algo extraño. No se me ha acercado nadie. Es más, las miradas parece que me rehuían, y yo estaba tan guapa como siempre. Con los labios rojos. Disfruté mi copa en la barra y salí a pasear en la noche tan fría de la ciudad. Sé que tengo que aclarar ideas pero no me salen. Repaso mentalmente los hechos de estos días, excepto los sueños extraños con gente extraña y el color blanco, todo sigue igual. Trabajo, duchas, cama, sofá, besos, sangre… ¿o no? Quizá estos días no ha habido sangre. Me estoy liando. Algo me pasa. Me levanto, me lavo los dientes, me ducho, me maquillo, tomo café y una tostada, zumo… ¿qué más? He ido en bici al trabajo, he comido ensaladas y bocadillos, me he puesto tacones. Odio los tacones. Me hacen daño. Los odio. En casa repaso mis libros, mis cuadernos, y he visto una foto. ¿O me la trajo Alberto? ¿Por qué habría de traerme él una foto de un tío guapo? Me suena y todo se vuelve rojo. Y la otra foto… sus ojos… la risa. Me acordé de un paciente que hace poco me dijo que parecía mucho más joven de lo que era. Ni que tener 40 años significara ser una fósil. Estoy en lo mejor de mi vida. Será capullo. Mucho más joven, dice. Imbécil. A él le falta todo el pelo de la coronilla y yo no le digo nada. Viene porque dice que siempre está contando todo lo que ocurre a su alrededor. Las líneas del suelo, las baldosas oscuras, las ventanas de los edificios, los pájaros que hay en la rama de un árbol, suma los números de las matrículas, sabe si ha crecido una flor nueva en los parterres de la fuente. Es un puto loco. ¿Y qué quiere que haga? Le he dicho que deje de contar algo, lo que quiera, que esté dos semanas sin contar una de las muchas cosas que cuenta. Y que tome valeriana. Está como una chota. El jueves le diré que me cuente su infancia. Detesto las infancias de la gente. Quitando algunas excepciones interesantes, todas son malditamente iguales, aburridas, y ellos la cuentan con añoranza, melancolía, y cuando empiezan con las anécdotas, uf. No puedo. Me dan ganas de matarlos. Mi abuela me daba caramelos, jugaba con mis primos en el pueblo, tirábamos globos de agua por el balcón, tenía una bici blanca y roja, bah. Yo solo quiero saber si hubo abusos o maltrato. Que lo cuenten directamente, pero tengo que ir rascando y rascando. A veces me desesperan. La mayoría de la gente es tan simple. Tan igual. Tan sosa.

—¡Fantina, basta! No hay consulta, no hay pacientes, no hay nada, basta ya. Mira la fotografía—.

Otra vez, otra vez, el dolor.

—¡Mírala! Es Juan. Se llamaba Juan. Fantina, por favor, mírala—.

No, no, no.

—Bien, no me iré de aquí hasta que lo mires y hablemos. Sé perfectamente que no te has ido a ninguna parte. Lo que te ocurre es que te escondes, ya lo hemos hablado.

Mi corazón está latiendo más fuerte. Quiero morir. ¿Dónde está?

—Es bueno que empieces a preguntar, a llorar. Era tu marido, Fantina, y está muerto. Vamos a hablar de ello. Si no hablas conmigo primero tendrás que hacerlo con la policía, y créeme que será mucho peor—.

La policía… ellos vinieron por la sangre. ¿Yo los llamé? La sangre estaba en todos lados. Los pedazos empiezan a tomar forma. Pero ¿cuándo? ¿por qué?

—Tienes que hablarme, Fantina—.

¿No estoy hablando?

—Si no lo haces será peor, sé que me estás mirando y estás pensando, pero tienes que abrir la boca. Habla. Yo estoy aquí. Soy Alberto. Habla conmigo—.

—Alberto—.

—Sí, soy yo. Dime, ¿cómo estás?—.

—Él… Juan. Llegó. Estaba sonriendo. En sus brazos traía… y él estaba sonriendo. Luego lo soltó en el sofá y todo se puso borroso—.

—Sigue, lo estás haciendo muy bien—.

No, el sofá, el sofá…

—Vamos, sigue Fantina. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo?

—Yo lo maté, creo. No lo recuerdo. Gritaba y gritaba. Estaba llorando. Sentía tanta ira. Él lo tiró en el sofá. Vino a por mi y se reía—.

—Lo sé, los vecinos, alertados, ya habían dado el avisado, y ellos confirma que oían risas y gritos. Y luego un golpe—.

—Enloquecí. Cogí el candelabro de cristal de la mesa y lo golpeé. Muchas veces. Dejó de reír. Lo golpeé—.

—Esto es importante, Fantina. ¿Te atacó él primero?—.

—No…¿o sí? No lo recuerdo. Solo siento dolor. Sentía dolor y rabia—.

—¿Qué pasó con el niño?—.

De repente entendí todo y el mundo se puso del revés, como esa vez. Trajo a mi niño en brazos y se estaba riendo. Mi niño precioso tirado en el sofá. Y él se reía.

—¡¿Cómo puedes hablarme de mi hijo?! ¿Quién eres tú para hablar de mi hijo? Nadie, ¿me escuchas? Nadie tiene derecho a hablar de él. Es mío y siempre será mío. No quiero que nadie diga su nombre, ni lo recuerde, ni lo mencione. ¡No quiero que hables de él, maldito bastardo! ¡Nadie habla de mi hijo, nadie! Eres un asqueroso miserable que no tiene corazón. Tú y todos los que estáis aquí, que venís con sonrisas y vasos de agua, y charlas, y caricias y buenas palabras. ¡No quiero que me volváis a tocar nunca! ¿Me oyes? No quiero que nadie me toque, ni me hable. Mátame, que es lo que tienes que hacer, hijo de la gran puta. Mátame ya, tú y todos los que vienen a verme. ¿Por qué no ha venido nunca mi madre? ¿Quiénes son esos que se asoman a veces? Dejadme en paz o te juro que os mataré también.

—Tranquila, tranquila. Tu madre también estaba allí Fantina. Ya sabes por qué no puede venir. ¿No te acuerdas?—.

¿Mi madre?

—No…—.

—No puede venir porque también murió—.

Mamá… mamá. No.

—¿Qué pasó con el niño?—.

—Te he dicho que no lo nombres. No sé de qué hablas—.

—¡Fantina! Mírame otra vez, no empieces otra vez. Mírame y háblame de Mateo—.

¿Mateo? Mateo… la foto, sus ojos, su risa… Mateo.

—Vamos… cuéntamelo—.

¡PLAS! La bofetada sonó tan fuerte como la di. Le marqué la cara con la mano abierta y que de gracias que no tenía un objeto más grande a mano. Qué sueño más absurdo. ¿Qué era todo eso? Necesito mi pared. —Dale una dosis de tranquilizante, María—, oí que alguien le decía a alguien. Y un tirón, un escozor. Y el bendito sopor que quita ese amargor… Que me dejen dormir.

sábado, 19 de abril de 2014

Capítulo 3.4. La explosión

  Los días pasan como en una neblina intermitente. Algo me duele. Apenas recuerdo mi casa, mis cosas. No puedo cocinar. No me dejan cocinar. Las duchas casi siempre son frías. Tengo el pelo mojado a todas horas. Y sus ojos vienen a verme a menudo porque sigue diciendo que debo despertar. He optado por no hablar, ni escucharle. Miro por la ventana y me trago las pastillas. Ahora hay menos. Es por mi bien. Debo estar enferma porque vienen a verme, pero lo raro es que solo es a ratos. Y yo me siento dormida. Así que cuando no duermo y me dejan en paz me he ido al bar, pero ha ocurrido algo extraño. No se me ha acercado nadie. Es más, las miradas parece que me rehuían, y yo estaba tan guapa como siempre. Con los labios rojos. Disfruté mi copa en la barra y salí a pasear en la noche tan fría de la ciudad. 

Sé que tengo que aclarar ideas pero no me salen. Repaso mentalmente los hechos de estos días, excepto los sueños extraños con gente extraña y el color blanco, todo sigue igual. Trabajo, duchas, cama, sofá, besos, sangre… ¿o no? Quizá estos días no ha habido sangre. Me estoy liando. Algo me pasa. Me levanto, me lavo los dientes, me ducho, me maquillo, tomo café y una tostada, zumo… ¿qué más? He ido en bici al trabajo, he comido ensaladas y bocadillos, me he puesto tacones. Odio los tacones. Me hacen daño. Los odio. En casa repaso mis libros, mis cuadernos, y he visto una foto. ¿O me la trajo Alberto? ¿Por qué habría de traerme él una foto de un tío guapo? Me suena y todo se vuelve rojo. Y la otra foto… sus ojos… la risa.

 Me acordé de un paciente que hace poco me dijo que parecía mucho más joven de lo que era. Ni que tener 40 años significara ser una fósil. Estoy en lo mejor de mi vida. Será capullo. Mucho más joven, dice. Imbécil. A él le falta todo el pelo de la coronilla y yo no le digo nada. Viene porque dice que siempre está contando todo lo que ocurre a su alrededor. Las líneas del suelo, las baldosas oscuras, las ventanas de los edificios, los pájaros que hay en la rama de un árbol, suma los números de las matrículas, sabe si ha crecido una flor nueva en los parterres de la fuente. Es un puto loco. ¿Y qué quiere que haga? Le he dicho que deje de contar algo, lo que quiera, que esté dos semanas sin contar una de las muchas cosas que cuenta. Y que tome valeriana. Está como una chota. El jueves le diré que me cuente su infancia. Detesto las infancias de la gente. Quitando algunas excepciones interesantes, todas son malditamente iguales, aburridas, y ellos la cuentan con añoranza, melancolía, y cuando empiezan con las anécdotas, uf. No puedo. Me dan ganas de matarlos. Mi abuela me daba caramelos, jugaba con mis primos en el pueblo, tirábamos globos de agua por el balcón, tenía una bici blanca y roja, bah. Yo solo quiero saber si hubo abusos o maltrato. Que lo cuenten directamente, pero tengo que ir rascando y rascando. A veces me desesperan. La mayoría de la gente es tan simple. Tan igual. Tan sosa. 

—¡Fantina, basta! No hay consulta, no hay pacientes, no hay nada, basta ya. Mira la fotografía—.

Otra vez, otra vez, el dolor.

—¡Mírala! Es Juan. Se llamaba Juan. Fantina, por favor, mírala—.

No, no, no.

—Bien, no me iré de aquí hasta que lo mires y hablemos. Sé perfectamente que no te has ido a ninguna parte. Lo que te ocurre es que te escondes, ya lo hemos hablado. 

Mi corazón está latiendo más fuerte. Quiero morir. ¿Dónde está?

—Es bueno que empieces a preguntar, a llorar. Era tu marido, Fantina, y está muerto. Vamos a hablar de ello. Si no hablas conmigo primero tendrás que hacerlo con la policía, y créeme que será mucho peor—.

La policía… ellos vinieron por la sangre. ¿Yo los llamé? La sangre estaba en todos lados. Los pedazos empiezan a tomar forma. Pero ¿cuándo? ¿por qué?

—Tienes que hablarme, Fantina—.

¿No estoy hablando?

—Si no lo haces será peor, sé que me estás mirando y estás pensando, pero tienes que abrir la boca. Habla. Yo estoy aquí. Soy Alberto. Habla conmigo—.

—Alberto—.

—Sí, soy yo. Dime, ¿cómo estás?—.

—Él… Juan. Llegó. Estaba sonriendo. En sus brazos traía… y él estaba sonriendo. Luego lo soltó en el sofá y todo se puso borroso—.

—Sigue, lo estás haciendo muy bien—.

No, el sofá…

—Vamos, sigue Fantina. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo?

—Yo lo maté, creo. No lo recuerdo. Gritaba y gritaba. Estaba llorando. Sentía tanta ira. Él lo tiró en el sofá. Vino a por mi y se reía—.

—Lo sé, los vecinos, alertados, ya habían dado el avisado, y ellos confirma que oían risas y gritos. Y luego un golpe—.

—Enloquecí. Cogí el candelabro de cristal de la mesa y lo golpeé. Muchas veces. Dejó de reír. Lo golpeé—.

—Esto es importante, Fantina. ¿Te atacó él primero?—.

—No…¿o sí? No lo recuerdo. Solo siento dolor. Sentía dolor y rabia—.

—¿Qué pasó con el niño?—.

De repente entendí todo y el mundo se puso del revés, como esa vez. Trajo a mi niño en brazos y se estaba riendo. Mi niño precioso tirado en el sofá. Y él se reía.

—¡¿Cómo puedes hablarme de mi hijo?! ¿Quién eres tú para hablar de mi hijo? Nadie, ¿me escuchas? Nadie tiene derecho a hablar de él. Es mío y siempre será mío. No quiero que nadie diga su nombre, ni lo recuerde, ni lo mencione. ¡No quiero que hables de él, maldito bastardo! ¡Nadie habla de mi hijo, nadie! Eres un asqueroso miserable que no tiene corazón. Tú y todos los que estáis aquí, que venís con sonrisas y vasos de agua, y charlas, y caricias y buenas palabras. ¡No quiero que me volváis a tocar nunca! ¿Me oyes? No quiero que nadie me toque, ni me hable. Mátame, que es lo que tienes que hacer, hijo de la gran puta. Mátame ya, tú y todos los que vienen a verme. ¿Por qué no ha venido nunca mi madre? ¿Quiénes son esos que se asoman a veces? Dejadme en paz o te juro que os mataré también.

—Tranquila, tranquila. Tu madre también estaba allí Fantina. Ya sabes por qué no puede venir. ¿No te acuerdas?—.

¿Mi madre?

—No…—.

—No puede venir porque también murió—.

Mamá… mamá. No.

—¿Qué pasó con el niño?—.

—Te he dicho que no lo nombres. No sé de qué hablas—.

—¡Fantina! Mírame otra vez, no empieces otra vez. Mírame y háblame de Mateo—.

¿Mateo? Mateo… la foto, sus ojos, su risa… Mateo. 

—Vamos… cuéntamelo—.

¡PLAS! La bofetada sonó tan fuerte como la di. Le marqué la cara con la mano abierta y que de gracias que no tenía un objeto más grande a mano. Qué sueño más absurdo. ¿Qué era todo eso? Necesito mi pared. —Dale una dosis de tranquilizante, María—, oí que alguien le decía a alguien. Y un tirón, un escozor. Y el bendito sopor que quita ese amargor… Que me dejen dormir.


lunes, 3 de marzo de 2014

La fortuna y tú

Casi siempre pensamos que la fortuna es algo estático, que la suerte es algo que empieza y acaba en una línea de tiempo determinada; me explico, pensamos que tener fortuna es "casarse bien", tener hijos, poseer una casa, un trabajo, poseer un coche, poseer amigos, poseer un título... poseer al fin y al cabo. Qué feo verbo. Todas esas cosas están muy bien, y si duran un largo tiempo, se suele decir: "ha tenido fortuna en la vida". Pero yo, que soy mística y mi mente un día despertó de un largo sueño, yo, que sufro, que rabio, que padezco, que me impaciento, me desespero y que me muerdo las uñas, puedo decir que la fortuna a veces es un simple punto, un destello, la suerte de haber conocido a una persona inesperada, la experiencia de sentirse libre, aunque sea por dos meses, el saber que despertaste y te queda un gran trabajo que hacer contigo mismo, que no sabías todo, que no quieres saberlo todo nunca, que las manos arden a veces y de repente sientes un "todo" universal. La fortuna puede que sea un sueño lleno de esperanza, o una caída libre cuando escapas de tu maldita zona de confort. Puede que no solo sea la tranquilidad de saberse protegido día a día, sino también la lucha interior con uno mismo que lleva a ciertos secretos propios. 
A lo mejor, pienso, fortuna es crecer, no dominar la situación. Retorcerse, y a veces flotar. Aprovechar dos horas, y luego dormir. CREAR: Fortuna es no querer bajar la vista, mirar los ojos de la gente. Saber que al menos eres valiente. Que peleas,y a veces callas. Que sabes, y no siempre hay que decirlo. Que tu mano siempre está dispuesta. Participar... y seguir subiendo. Ver. Saber lo que se siente al volar cuando el viento te da en la cara, aunque solo sea porque lo has soñado.



sábado, 1 de marzo de 2014

El experimento

El experimento era sencillo. En un cubículo de cristal de seguridad de dos por dos metros con pequeños orificios en la parte superior para dejar pasar el aire y los sonidos, se introduciría a una persona para permanecer allí un tiempo determinado. Dentro del habitáculo habría mantas, cojines y almohadas suficientes para garantizar la comodidad del individuo; así como revistas, un cuaderno, lápices, una linterna y víveres para alimentarse durante las 24 horas que dura la investigación. Un equipo médico controlaría la actividad cardíaca y cerebral mediante unos parches colocados en diferentes partes del cuerpo.

Yo fui el primer agraciado para vivir la experiencia. Varón de 38 años, sano y con titulación superior. Hasta ese mismo día no me dijeron donde colocarían el cubo de cristal. El lugar elegido era un pequeño claro en un bosque de hayas. Era un enclave hermoso. A las 10 de la mañana me dejaron solo metido en aquella urna transparente. Golpeé fuertemente las paredes para asegurarme de la fuerza del material. Miré por los todos lo ángulos posibles. Estaba rodeado a altos árboles, el paisaje era frondoso, los matices verdes de las copas cambiaban según le diera el sol y el viento moviera sus hojas. Lástima no haber podido traer un móvil para hacer fotografías. Aunque la temperatura era fresca a esa hora de la mañana, me habían dicho que iba a ser caluroso a mediodía, así que debajo del abrigo me puse una camiseta de manga corta. Me puse cómodo y tras meditar un tiempo mirando a través del cristal, cogí el cuaderno y empecé a dibujar lo que me rodeaba. No era yo un buen dibujante, pero me quedaban muchas horas por delante y más valía que ocupara el tiempo en algo. A veces algún jabalí se acercaba curioso y olfateaba con precaución, aburrido finalmente, se iba. También vi urogallos y gatos monteses recelosos de mi estancia. Arañaban la pared y se iban con sus grandes ojos a otra parte. El manto ocre de la hojarasca del suelo crujía con el soplo del viento o las pisadas de pequeños animales. Así pasó la mayor parte del día, me divertí viendo la fauna local, admiré los colores del otoño y leí algunas páginas de revistas nacionales. Comí algún sandwich, bebí un par de refrescos de cola y abrí una bolsa de patatas fritas. El sol hizo su largo recorrido de punta a punta sacando los distintos brillos de la vegetación y al ocultarse me arrebujé en una manta con olor a naftalina. El tiempo había pasado más o menos rápido, los parches picaban pero no molestaban, y ahora, tras la retirada de la luz solar, es cuando empezaría a nublarse el entendimiento y cuando las agujas del reloj se pararían y cada segundo duraría una eternidad.

No tenía miedo, por supuesto, pero el ocaso había dado paso a la oscuridad y encendía la linterna cada vez que escuchaba un susurro o ruido animal. No quería dormir porque probablemente sería temprano, prefería despertarme al alba, con la luz del día asomando entre los árboles. No podía leer para no gastar la linterna, acabé con la empanada de atún y los donuts de chocolate. Oriné en un recipiente habilitado para ello. Y entonces vi los ojos amarillos de una manada de lobos. Aún sabiendo que nada podían hacerme el corazón me dio un vuelco y la sangre se me subió a la cabeza. Seguro que los parches habían recogido ese detalle, pensé irónicamente. Se acercaron tres de los animales y enseñaron sus feos y afilados colmillos. Los asusté con la linterna y se fueron a  la orilla del claro, donde el resplandor de la luz de la luna los hacía más espeluznantes aún, escondidos entre los troncos cercanos. Los búhos comenzaron a ulular por todas partes. El sonido era atroz, lo que antes me había parecido maravilloso se tornó horrendo. Quise dormir y estuve un rato con los ojos cerrados mientras hacía un esfuerzo por no sentir a mi corazón palpitar de manera absurda. Dormité un par de horas, hasta que "algo" chocó fuertemente contra la pared de mi refugio. Sobresaltado apunté a todos lados con la luz y un oso que me pareció enorme me miraba fijamente. Sus pequeños y negros ojos de animal bobo y lento no se correspondían con la fuerza de sus patas. Dió otro empujón y soltó un gruñido de enfado. Se me secó la garganta. Bebí agua. Seguía seca. El oso dio unos pasos atrás y cogió carrerilla para una nueva embestida. Un grito salió de mi garganta. Era absurdo, no podía hacerme nada. Pero al tercer embate sonó un chasquido. Frágil, pequeño, pero en plena noche lo oí como si fuera un cañozazo. En algún lado tendría que haber una grieta. Si seguía chocando se abriría la caja. Grité a los que me estuvieran oyendo, avisé del peligro, rogué para que vinieran por mi.  Nada me importaba ya el experimento. Quería irme. El oso me miraba y gruñía y los lobos volvieron a aparecer. Rodearon al oso con respeto pero éste les contenstó con un rugir de garganta que me heló la sangre. Se retiraron pero seguían al acecho. El oso les estaba abriendo el camino a su objetivo. Yo. Mi sudor, mi orina, mi bolsa de basura con restos de comida seguramente los haya atraído. Un lobo saltó al techo de la estructura y olfateó dentro. Di golpes para que se fuera. Mi mente estaba desquiciada. Otro lobo subió, el oso los intentaba echar con una garra pero no los alcanzaba. Bajaron por el otro lado y se fueron con su manada, que estaba a unos tres metros, todos mirándome. El  oso rodeó los cuatro lados, tanteaba las paredes, golpeaba. Apunté con la linterna a su cara y se enfadó, arañó el cristal. Se retiró a un árbol cercano y se sentó. Los lobos empezaron a aullar. Los búhos chillaban ya, no ululaban. Y yo sentía cómo el miedo se apoderaba de mi y perdía los estribos. Aquí está el experimento, se estarán poniendo las botas en el laboratorio. Grité y grité. Y empecé a sollozar. ¡Sacadme de aquí! ¡No lo aguanto más! El oso a mis gritos se levantó y corrió con su pesado cuerpo todo lo rápido que pudo hasta volver a chocar con el armazón. El crujido se oyó y la pared izquierda cayó. Asombrado y asustado se echó para atrás y yo me quedé paralizado y sin habla. No podía moverme, no  podía correr, no había huida. El oso entró y olisqueó las mantas, la basura, agarró la comida que quedaba y la engulló. Finalmente me miró a los ojos a la vez que los lobos se acercaban, pero él les volvió a rugir. Ellos aúllaban. Preparaban un ataque. Nadie quería compartir su presa. A lo lejos vi unas luces rápidas. Supuse que eran los científicos que venían a rescatarme en su coche. El oso miró de refilón y yo me moví. ¿Oso o lobos? ¿Oso o lobos? ¿Quién sería menos cruel? ¿Qué podía hacer? Me di la vuelta y nunca lo supe. No llegaron a tiempo. 




jueves, 27 de febrero de 2014

Un voto, una sonrisa. (O una chapita)

Hoy escribo para pediros un voto para mi "otro" blog, que participa en un concurso nacional y la fase de votación se acaba en pocos días. Los votos no dan el premio (gracias a dios), pero sí hace que seas más visible para el jurado, cosa buena.

Así que please, ¡vótanos! Damos chapitas de regalo a quien la solicite jejeje.

Mil gracias.


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