martes, 23 de septiembre de 2014

La librería más famosa del mundo

Acabo de terminar este libro: "La librería más famosa del mundo", de Jeremy Mercer. Resulta que es una especie de biografía, una experiencia real. También supongo que algo novelada. No ha sido mi lectura favorita pero tiene puntos a favor. Por ejemplo, cuando acabas te deja esa sensación agridulce de los libros que te transmiten algo. Como que te has metido en la librería de veras y has visto las cucarachas danzar, entre otras cosas. Resulta que esta librería-refugio en París acoge a muchos indecisos, bohemios, perdidos, nómadas... Pero no encuentro esta historia en particular bien narrada.

Quizá sea que por ser real, resulte tediosa a veces, tal como la vida es, sin embargo otras veces por lo mismo te sientes identificado con el sopor cotidiano, y eso, parece que da igual que te encuentres en París, Sevilla o Dublín. Lo cotidiano existe en todos lados, y de eso de trata la historia. Por mucho que huyamos a sitios lejanos, sea cual sea el motivo, la red de lo corriente te atrapa por muy excéntrico que uno sea, o diferente, o desigual, o por muy ajenas a ti que sean las circunstancias exteriores que vivas. Vamos, que por muy famosa que sea una librería, una persona, un acto... si se vuelve un hecho constante, pierde el brillo especial o el aura que parece tener. No es malo. Depende de cada uno que sepamos ver y valorar el sentido y la duración de las cosas, que casi siempre depende de nuestro ánimo. Y cuando pierden ese brillo... apreciarlas por lo que realmente son o pasar página.




domingo, 14 de septiembre de 2014

Tan libre

Nadie posee nada ni pertenece a nada,
acaso un puñado de sentimientos
y unas venas por las cuales danza la sangre,
nadie sabe por qué a veces se agolpa, se distrae, se detiene...
Nadie posee nada.
Nadie pertenece a nadie.
Todo se da.
No es un yo contigo, tú sin mí, nosotros, tú y yo, juntos...
Eres tú.
Soy yo.
Es todo lo ridículo. Aprender a ser.
Pero nadie posee nada. Ni siquiera el amor a otro.
Tan libre. Tan vital. Tan fuerte,
que por no poseer no es destruido,
que por no ver no es olvidado.
Que lo que crece... se deja estar,
y corre, y es franco, atrevido...
y es libre, sin poseer.
Y se aleja, sin echar llaves. Para sobrevivir.
Un viaje a la luna o al fondo del mar.
Un paseo al Tártaro para salir sin nada.
Ni muerta ni con victoria. Ni derrotada ni con honor.
Pero sin miedo,
porque nadie posee nada y el tiempo corre para todos.



sábado, 6 de septiembre de 2014

El gato

Ahí estaba yo, en lo más alto de la popularidad social, con mi piso chic, amigos por doquier, un trabajo y sueldo envidiables, cenando en restaurantes de moda y con un gato persa. Blanco. Ojos azules. Una preciosidad. Los domingos lo montaba en la cesta de mi bici y recorríamos las callejuelas del centro. Los domingos no estoy para nadie. Solo para mi gato. Me tomo un café capuchino y cuando llego a casa abro la caja de los recortes. Observo todas las fotos, las mías, las que salieron en los periódicos, las que saqué de la web. No está mal tener una caja de recortes. Al menos yo la llamo así. La guardo en el cajón del aparador. A la derecha de los platos de loza de mi madre. Cartuja sevillana. Cuando vienen invitados les encanta el toque ecléctico, la mezcla de lo tradicional con lo moderno. Mis sillas Eame combinadas con sopa con albóndigas. Todos dicen que tiene un sabor especial. La cocino yo, el resto lo hace María, mi empleada de hogar, la que me  hace la cama, limpia el baño, recoge el desayuno y la cena, y cocina grandes menús que copiamos de las mejores revistas gastronómicas. Pero la sopa la hago yo cuando empieza el otoño. En la caja de recortes también hay unas tijeras y un pintauñas rojo. El gato me mira con desdén y se va a su casita de diseño. Le puse juguetes de gato para que hiciera cosas de gato. Los gatos no suelen hablar, pero hay escritores que escriben novelas donde los gatos hablan. Y hablan mucho. Algunos hasta dominan el mundo. Yo creo que el mío quiere decir cosas. Si pudiera me insultaría, lo veo en sus ojos de hielo, pero le saco su comida gourmet y se le pasa, se frota en mis piernas. El pescado fresco le encanta, sardinas dos veces en semana. Me gusta cuidarlo. Lleva un año conmigo, como todos los demás, siempre son blancos con ojos azules. Nadie nota el cambio. Un año y cambio. Una rayita roja en el marco de la puerta del salón que nadie suele ver. Cinco hoy. La quinta. Mañana empiezan las reuniones con los nuevos clientes, viejos socios, colaboradores aburridos, y ya tengo que empezar a pensar en la cena de la semana que viene. La gran cena, La de todos los años. 




jueves, 4 de septiembre de 2014

Había una vez

Había una vez un cuento. 

No, no. Había una vez una obra de teatro. Con sus actos, sus personajes que van y vienen, que nacen y mueren. Que ríen y lloran y que hacen cosas a escondidas. Pero oh, el gran público lo ve.

Gestos socarrones y grandes aspavientos también había. Había una vez a la mitad y no quiso ya seguir.         Pero el telón seguía abierto, si acaso lo intentaba cerrar a ratos, pero nada, ¡es que tenía que haber! Imposible cerrar.
                           
Había luces y destellos por todas partes, también sonidos, y olores, oh sí, sobre todo olores, es lo que más gusta, lo que más se recuerda. Los olores que nos llevamos hasta el final. En este había una mezcla confusa entre flores, mar, azúcar, resina y tinta.

Y vientos por todas partes. Había vientos. Del sur, del este y del norte. La bruja del oeste aún no ha venido. 

            Había una vez un latido que no paraba.

Había silencios prolongados, agujas clavadas, había letras y había siempre pasos, siempre pasos que dar, siempre hacia delante, dos atrás, diez arriba, dos de lado.
Al final todo era un lío, un caos y una caricia. ¡Ay que había también un sol con nubarrones!

Y lenguas deslenguadas y cotorras que comentan tonterías, puñales pequeñitos, pero en esta historia también había un ojo espía, una mirada clara, una mente rellena de asentimientos, de entendimientos y malentendimientos, visiones traperas y también había un puntito canalla disfrazado de dulzura.

Ah, la dulzura que se mezcla con lo soez es la mejor, la que te deja observar con claridad. Dulzura general, lucha por quien te da la gana, ser bandida a ratos, desterrar maldiciones. Hay que ser zorra.

Había una vez entrelíneas para quien viene camuflado, que se sabe todo.
Había una vez unas manos que simplemente siguen a un corazón. Ese, el del latido constante, no varios, uno, un latido.

Un corazón, un dedo hacia arriba, un donut, una risa, y unas gafas de pasta. Las mías.
Un mapa. Cuidado con el escalón, había una vez cientos de ellos. Y yo solo sueño con unas rodillas.


Ilustración de La Chica Imperdible



martes, 19 de agosto de 2014

Estrella fugaz

¿Qué deseo has pedido? - Eso no se dice - ¿Por qué? - Porque entonces no se cumple - Va, dímelo, ¿qué deseo has pedido? - Que se acaben las estrellas fugaces - ¿Y eso para qué? - Para no tener que pedirte más - No pidas esas cosas. - No preguntes - ¿Quieres saber que he pedido yo? - No - ¿Por qué? - Para seguir soñando mi nombre en tu deseo - Pregunto demasiado ¿verdad? - Si. Propongo que se acaben las estrellas o caigan todas juntas, que la música se esfume, que la luz no haga sombras donde jugar a esconderse, que las chicharras se ahoguen, que las avispas se vacíen, que los pájaros no encuentren su hogar, que la playa quede lejos, que a las 4 no me tenga que marchar. - ¿Para qué querrías todo eso? - Para explotar y morir y volver a pedir aliento, olvidar y arrancar las ilusiones de cuajo, para esperar la inercia de los agradecidos a la resignación. Para volver a ser gris como los demás y así no volver a ver caer estrellas al mar - No he entendido nada - Lo sé - ¿Te apetece hacer algo? - Bailar, siempre bailar.



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